RELATO WIC OCTUBRE

 EL HIJO

El cielo estaba cubierto por una oscura y grisácea nube. Llevaba lloviendo durante todo el trayecto. Cuando el taxi negro había aparcado frente a las verjas del Claybury Mental Hospital, Margaret había respirado con profundidad y se había bajado del vehículo. El conductor había insistido en que podría pagarle todo el trayecto a la vuelta, cuando la recogiera de vuelta para llevarla a casa. La mujer le había sonreído y se había despedido.

La lluvia golpeaba con rudeza el paraguas oscuro de Margaret, que sin poder evitarlo había pisado ya varios charcos de camino a la entrada.

El lugar era bastante hermoso, a pesar del tiempo. Tenía grandes instalaciones y unos bonitos jardines. Cerca de allí podía vislumbrarse un lago. Una mujer joven, ataviada con un vestido de enfermera, delantal y gorro blanco almidonado, la esperaba.

—Bienvenida, señora Sutton. Sígame, por favor, el doctor Hale la está esperando en su despacho.

La enfermera la había guiado por un pasillo largo de las instalaciones. Margaret había sido capaz de ver alguna que otra estancia. Había personas allí viviendo. Enfermos. Y parecían bien cuidados. Casi sanos. Pero luego, siguiendo un poco más adelante, se había topado con una pelea. Varios pacientes gritaban, uno semidesnudo, amenazaba con sacarle los ojos a cualquiera que se atreviera a mirarlo. Margaret no había podido evitar frenar en seco, mientras veía como varios hombres con un traje blanco impoluto reducían al individuo y le inyectaban algo en el brazo hasta que dejaba de patalear.

—Sigamos, señora Sutton. El doctor tiene muchas ganas de conocerla.

Margaret había asentido, con un nudo en el estómago cada vez más grande. ¿Se estaría equivocando?

Cuando habían llegado frente a la puerta del despacho, la enfermera había golpeado suavemente la madera de la puerta con los nudillos. Una voz férrea y firme había sonado al otro lado.

—Adelante.

Margaret Sutton había cruzado la puerta con una especie de pavor y esperanza, característica únicamente de las personas que se enfrentan a su última opción.

En la estancia había dos hombres. Uno de ellos, el que estaba sentado frente a la mesa de madera, se había levantado y se había acercado hasta ella, con una cara amigable, y le había tendido la mano.

—Encantado, señora Sutton. Soy Edward Hale. Este chico de aquí es mi ayudante, Henry Wallace. Estará con nosotros durante la sesión tomando algunas notas. Está aprendiendo el oficio. ¿Le importa?

Margaret, algo cohibida por la presencia de los hombres se había resignado a negar con la cabeza.

—Pues bien, tome asiento. ¿Desea un té o algo de beber, señora Sutton? —había preguntado amablemente el doctor.

—Por favor, llámeme Margaret. No me gusta el apellido de mi difunto esposo.

—De acuerdo, Margaret. ¿A qué se debe su visita?

Ambos hombres la miraban con atención, como esperando a que hablase. Ella se había tomado un momento para ordenar sus ideas. Para averiguar por dónde empezar a contar toda su historia.

—Se trata de mi hijo, Thomas. Creo que usted podría ayudarlo, doctor.

—¿Qué le ocurre a su hijo?

Ella había cerrado los puños con fuerza. Sentía como si estuviese traicionando a su pobre Thomas yendo ahí, como si ya no quisiera hacerse cargo de él. Pero era todo lo contrario. Lo amaba con todas sus fuerzas y sólo quería lo mejor para él. Por eso había acudido al doctor. Helen le había prometido que él si que podría ayudarla. Y ella quería creerla.

—Todo comenzó con la muerte de su padre —explicó Margaret.

Bajó la mirada hacia sus manos, entrelazando los dedos con nerviosismo.

Durante semanas, Thomas y ella habían estado huyendo. Huyendo de su marido. Del padre de su hijo. Este nunca había tratado bien a Margaret, siempre la había despreciado y maltratado. Ella, como no tenía otra opción más que aguantar lo que le había tocado, había permanecido a su lado. Pero todo cambió cuando empezó a pegar también a Thomas. Algo en el cerebro de Margaret había hecho clic. Debían huir.

Ella se había pasado unos meses robando dinero de la cartera de su marido, guardando algunas joyas que después podría vender. Escondiendo algunas prendas de ropa, zapatos y todo lo necesario para salir. 

Él día de la huida, Margaret había cogido la maleta con sus cosas y las de Thomas y le había explicado a su hijo que tenían que marcharse de casa por un tiempo.

—¿Por cuánto tiempo? —había preguntado el niño.

La mujer no había sabido responderle así que simplemente le había sonreído y se habían encaminado de la mano hasta la estación de tren.

Durante las primeras semanas, habían sobrevivido a base del dinero que había guardado, quedándose en hostales y comiendo una vez al día. Margaret no se sentía segura, notaba la presencia de su marido en cada hombre. Como si pudiera verla a través de los ojos de los viandantes. Seguían alejándose cada vez más y más, pero el sentimiento de que pronto los cazaría, a ella y a su hijo, no hacía más que incrementar a cada kilómetro que se alejaban de su antiguo hogar.

Y el tan temido día, finalmente, había llegado. Al bajar del tren en la estación de Woodford, Margaret, de la mano de Thomas, había vislumbrado entre la muchedumbre el rostro del hombre que la perseguía todas las noches en sus pesadillas. Su marido.

Ella, sin pensárselo un segundo, había cogido al niño y había comenzado a correr, intentando esquivar a la gente y no tropezar en su intento de huida.

—¡Para, hija de puta! —había gritado su marido. 

El niño lloraba sobre su hombro, mientras gritaba: ¡Papá! Ella no se atrevía a mirar hacía atrás, temía que al hacerlo, pudiera encontrarse de frente con su maltratador.

Antes de poder salir de entre el gentío, Margaret había notado una mano tenaz y fuerte sobre su brazo. La había frenado en seco. Se había girado y había recibido un bofetón que le había hecho soltar la maleta. Margaret intentaba con todas sus fuerzas cubrir a su hijo, a la vez que lo agarraba con tanta fuerza que el niño berreaba de dolor. Ella sabía que al día siguiente le saldrían moretones en los brazos.

—¡Suéltalo, maldita puta! —gritaba su esposo mientras no paraba de zarandearla y aporrearla en la cabeza.

Entre una sacudida y otra Margaret había conseguido zafarse de él, a duras penas. Lo había intentado alejar de ella, y lo empujó con todas sus fuerzas. La maleta, que estaba en el suelo, rota, con la ropa esparcida por la estación, había servido de zancadilla para su esposo, que había caído a las vías del tren con un estruendoso golpe. Margaret, tras un segundo de reflexión, se había planteado salir corriendo, pero de pronto un tren había entrado en la vía. Todo el mundo, alertado por el escándalo que había protagonizado la pareja y por la caída del hombre, se habían acercado corriendo a las vías del tren, para ver si aún seguía vivo.

La imagen de su esposo cercenado a la mitad, con un brazo completamente amputado, y con las tripas escapando del gran corte que tenía en el abdomen, era, sin lugar a dudas,  un alivio para Margaret.

Muerto ya no podría hacerles daño. Ni a ella ni a Thomas.

—¡Papá! —gritaba, aterrorizado su hijo. Ella, que durante esos segundos no se había dado cuenta de que lo había soltado y que el niño se había acercado a las vías, lo agarró y le tapó los ojos. Un niño de esa edad no debía ver una imagen tan atroz como aquella. Incluso a ella, que odiaba a ese hombre con toda su fuerza y que era una adulta, aquella imagen la perseguiría hasta la tumba. 

—Desde aquel día, Thomas no ha vuelto a ser el mismo —la voz de Margaret temblaba. El doctor le había ofrecido un vaso de agua y ella lo había aceptado, por el simple hecho de tomarse un descanso. Aquel día había sido muy duro.

—¿Qué ocurrió después del accidente?—había preguntado el doctor.

—Nos llevaron a la casa. 

Después de unas horas, algunos policías habían acudido a la escena. Yo seguía abrazando a Thomas en una esquina. Cerraba los ojos para intentar alejarme de allí, pero no podía.

Alguien había posado una mano sobre mi hombro.

—Hola, algunos testigos nos han dicho que, al parecer, ha habido un forcejeo entre ese hombre y tú. ¿Podrías contarme lo sucedido? —Era un hombre de mediana edad, con el pelo cano y una barriga que iría aumentando con el paso de los años.

Margaret había accedido a contarles toda la historia, el hombre había asentido en todo momento y luego le había traído una manta para que entrara en calor. Al cabo de unas horas, la policía la trasladó a una antigua casa de acogida a las afueras de Woodford, un inmueble amplio y algo desvencijado que la asistencia social utilizaba como refugio temporal. Le indicaron a Margaret que debía permanecer allí mientras investigaban el accidente y aclaraban su relación con el fallecido.

Margaret había accedido de buena gana. Al menos tenía un techo seguro donde proteger a Thomas. La casa, a pesar de ser enorme, tenía tapiadas muchas paredes, por lo que solo tenían acceso a la planta baja y al sótano. Espacio más que suficiente para ellos dos. 

Durante casi dos semanas, Thomas y Margaret estuvieron durmiendo juntos en la misma habitación. Ella no quería dejarlo solo. No quería que su hijo pensara que se había quedado huérfano, quería que notase su presencia y su amor. Acompañarlo.

A la mañana siguiente del accidente, Helen, una mujer que trabajaba para la policía como asistenta, había tocado en la puerta de la casa.

Margaret había abierto. Había estado limpiando y ordenando un poco la casa, que estaba llena de polvo por haber estado cerrada durante años. Thomas jugaba en el jardín trasero, aprovechando que el sol brillaba más que nunca.

Margaret había invitado a Helen a pasar, que traía comida y bebida para el resto del mes. Eso alivió a Margaret. Aquel asunto iba para largo. No tendrían que irse de aquella acogedora casa pronto.

—Siento mucho lo que tuviste que presenciar ayer —se había compadecido Helen—. El oficial de policía me ha contado toda tu historia. Por eso quería pasarme por aquí, asegurarme de que estás bien.

—Estamos bien —había contestado, mientras miraba de reojo por la ventana del salón, asegurándose de que Thomas seguía jugando en el césped.

Helen se había quedado un par de horas, charlando con ella. La verdad es que nunca había estado acostumbrada a recibir visitas desde que se casó. Tenerla a ella en la casa era muy agradable. La sentía cercana, como una amiga.

Helen comenzó a visitarlos cada jueves, donde pasaba prácticamente toda la tarde con ella, mientras Thomas disfrutaba de ese tiempo para explorar la casa y sus alrededores.

—¿Sabes? Hace un tiempo que apenas habla conmigo —le había confesado una tarde a Helen.

—¿Quién?

—Thomas, mi hijo. Nunca te lo he presentado, siempre está corriendo o jugando por ahí. Son los únicos momentos en los que lo veo actuar como un niño de su edad.

—¿Qué edad tiene? —se había interesado Helen.

—En un mes y medio cumplirá diez años. 

—Debe ser duro para ti, ¿verdad?

—Muy duro. No sé cómo ayudarlo —Margaret se había llevado las manos a la cara mientras sollozaba. Helen la consolaba.

—Se le pasará, ya verás.

Pero no se le había pasado. Thomas no había dejado de hacer cosas más y más extrañas cada día. Al principio, apenas hablaba. Sólo respondía con monosílabos o gesticulando. Margaret lo había aceptado así, no sabía qué otra cosa hacer.

Luego habían comenzado los dibujos.

Una tarde de lluvia intensa y tormenta, Margaret se bebía una taza de té caliente mientras Thomas dibujaba sobre la mesa de la cocina. Ella no se había fijado demasiado en él mientras leía el periódico. No salía nada sobre la investigación de su esposo. ¿Habrían parado?

Un ruido en la parte de arriba la había sacado de sus ensoñaciones. Había sido un golpe seco. Instintivamente había mirado hacia el techo, y luego hacía su hijo. Él había sonreído y había dicho:

—Papá.

Esa palabra le había helado la sangre a Margaret. Thomas sabía que su padre había fallecido. Él mismo lo había visto, pero no quería creerlo. Se mantuvieron en silencio durante varios minutos y nada más volvió a sonar. Cuando Margaret se levantó para dejar el vaso sobre el fregadero, vio que su hijo estaba dibujando a tres personas. Ellos dos y un hombre partido a la mitad.

—¿Por qué lo has dibujado así? —había preguntado Margaret, horrorizada.

Su hijo no había respondido. Había continuado oscureciendo la parte donde la figura partida por la mitad se dividía, haciendo esa intersección mucho más evidente.

Los días habían proseguido con la nueva normalidad en aquella casa. Las visitas de Helen, los días de lluvia. Pero Margaret notaba que el ambiente estaba cada vez más pesado. Su hijo apenas hablaba con ella y no sabía cómo actuar con él, cómo volver a ser su madre.

Una noche, algo la había desvelado. Al principio se había despertado algo desorientada en la oscuridad de su habitación. Había buscado a tientas a Thomas, pero luego había recordado que ya hacía un tiempo que su hijo estaba durmiendo sólo en su habitación. Tras unos minutos, había escuchado unos murmullos, procedentes del pasillo. Asustada, se había levantado corriendo, pensando que podría tratarse de ladrones. Había cogido el atizador de la chimenea y se había adentrado a oscuras al pasillo que llevaba hasta el salón. Seguía escuchando los murmullos. Se callaban y luego volvían. El corazón de Margaret le iba a estallar en el pecho, pero se envalentonó. Debía cruzar el salón para poder llegar hasta la habitación de su hijo. Pero al entrar en el salón, había visto que el causante de esos murmullos era Thomas. Estaba junto a la pared tapiada que daba a las escaleras que conducían hasta el piso de arriba. Su hijo estaba muy cerca, susurrando cosas. 

—Ella nos ha descubierto —había dicho Thomas, girándose cuando su madre se había acercado a él.

Al principio, Margaret pensó que se trataba de un episodio de sonambulismo, pero luego se dio cuenta de que su hijo estaba completamente consciente.

—¿Qué haces aquí a estas horas? —le había preguntado su madre.

El niño se había levantado, algo decepcionado con la situación y había dicho:

—Buenas noches —en voz demasiado alta, mientras se dirigía de vuelta a su habitación.

—Espera, jovencito —lo había frenado Margaret—. ¿Con quién hablabas?

El niño al principio había sonreído, con una sonrisa pícara y casi malvada. Luego echó a correr hacía su habitación. La madre había intentado atraparlo, pero entre la oscuridad no había conseguido otra cosa que tropezarse con uno de los muebles y caer de bruces al suelo. Había escuchado las risotadas de su hijo alejándose por el pasillo.

La máquina de escribir del señor Wallace había dejado de escribir durante esta parte del relato. Margaret había estado ensimismada contándolo, como si se hubiera transportado realmente hasta aquella casa, hasta aquel preciso momento. Pero su trance había terminado cuando el practicante del doctor Hale había frenado en seco. 

La mujer alzó la vista y miró directamente al chico, bastante joven y novato, a decir por su aspecto.

—¿No me cree, señor Wallace? —lo había retado Margaret.

El chico, algo sorprendido por la acusación, había comenzado a negar con la cabeza.

—No, no. Al contrario, señora Sutt… Margaret. Es sólo que me ha sorprendido esta parte. Perdóneme si la he incomodado.

La voz del chico sonaba sincera y avergonzada. Margaret se había sentido mal en ese mismo instante.

—No, perdóneme usted a mí. Este tema me ha tenido sin dormir durante demasiado tiempo. Salto ante cualquier tontería. Perdóneme usted también, doctor —había suplicado la mujer.

—No se preocupe, Margaret. Aquí estamos para escucharla. Nunca para juzgarla. Por favor, prosiga.

—Yo había intentado hablar con mi hijo, doctor. Pero él no me dejaba.

Y era verdad. Margaret había intentado cada día una forma nueva de acercarse a su hijo, de hacer que hablase con ella, pero él cada vez parecía más retraído, más encerrado en sí mismo.

Helen seguía visitándola y se preocupaba mucho por su aspecto.

—¿Estás durmiendo bien? —le había preguntado un día, mientras ambas tomaban el té.

—Últimamente no lo suficiente —le confesó Margaret—. Thomas ha empezado a encontrar gracioso meterse en mi habitación por las noches, mientras duermo.

—¿A qué te refieres? —preguntó Helen, algo sorprendida.

—Pues… Tal vez sea cosa de niños, ya sabes. Pero  desde hace unos días me despierto a media noche y Thomas está de pie sobre mi cama, mirándome directamente. Los primeros días había gritado, aterrada, sin vislumbrar quién o qué era lo que estaba encima de mí en la oscuridad.

—¿Y qué hiciste?

—Yo nada. Él comenzó a reírse como un loco y saltó de la cama. Se fue corriendo a su habitación y no volvió a salir hasta la hora del desayuno . El resto de noches han sido bastante similares.

Helen permaneció en silencio unos segundos, con la taza entre las manos.

—¿Has intentado preguntarle por qué lo hace?

—Claro que sí. Pero se limita a reírse. A veces pienso que lo hace para castigarme. Tal vez por lo que le hice.

—¿Qué crees que le has hecho? —Helen parecía intrigada.

—Dejarlo sin padre. Si me hubiese quedado en esa maldita casa… Quien sabe. A lo mejor él seguiría comportándose normal.

Helen apoyó una mano sobre el hombro de la mujer y la miró  a los ojos.

—Saliste de esa casa para salvarte, Margaret. Tu marido era un desalmado. No debes culparte por un accidente así. Mañana te traeré algunos medicamentos, mi marido es médico. Te ayudarán a dormir y a ver las cosas con mayor claridad, ¿de acuerdo?

La viuda le agradeció enormemente la visita, como siempre lo hacía, y acompañó a Helen hasta la salida para despedirla. Cuando la mujer se había alejado de la casa y apenas era visible desde la posición de Margaret, esta había buscado a su hijo con la mirada. Lo había encontrado mirando hacia arriba. Y hablando. Como si estuviera manteniendo una conversación con alguien invisible.

La mujer se había acercado con sigilo hasta su hijo, esperando escuchar qué decía. O qué decían. Ya no sabía qué pensar.

—Pero, yo quiero decírselo —susurraba Thomas.

Su madre se acercaba más y más, pero no escuchaba la respuesta de nadie. No sabía si eso la tranquilizaba o todo lo contrario.

—¿Con quién estás hablando? —había, casi gritado, Margaret.

Su hijo la había mirado con una expresión un tanto aterrada. Margaret estaba muy enfadada. Toda la situación la ponía de los nervios y no sabía qué más hacer.

—No… —El niño empezó  a hablar pero no terminó la frase.

—¿CON QUIÉN? —El zarandeo se había hecho mucho más fuerte. Mucho más intenso. Como el que su esposo usaba con ella. Eso la había hecho aflojar un poco el agarre.

—Él no quiere que lo sepas… —las lágrimas del niño se habían amontonado en sus ojos y pronto comenzarían a rodarle por las mejillas. 

Margaret vio el terror plasmado en la cara de su hijo y eso le dolió tanto que lo soltó de inmediato. Thomas corrió en dirección a la casa. Se escondió debajo de su cama y no volvió a salir.

Esa noche Margaret había decidido cerrar su habitación con llave. Necesitaba dormir y si su hijo seguía actuando de esa manera tan extraña acabaría volviéndose loca.

Helen le llevó a la mañana siguiente los medicamentos que le había prometido y, aunque Margaret estaba más descansada ese día, seguía teniendo sueño acumulado desde hacía semanas.

Thomas parecía más relajado por la mañana. Su madre le había preguntado si se encontraba bien y había dicho que sí, algo más sonriente y natural que el resto de días.

Tal vez lo único que necesitaba Thomas era una llamada de atención.

Esa misma tarde, mientras el niño estaba en el jardín, Margaret decidió tumbarse en el sofá y echar un par de gotas del medicamento que Helen le había traído en su té. A los pocos minutos, logró quedarse dormida en el sofá.

Cuando se despertó, se dio cuenta de que ya había oscurecido. Se preguntó qué hora sería. Estaba helada. Una brisa invernal recorría la casa.

La mujer se había levantado, un poco tambaleante, y había descubierto que la puerta de la entrada estaba abierta. En ese momento se había asustado.

—Thomas, cariño, ¿dónde estás? —había gritado, esperando la respuesta de su hijo.

No había parado en ningún momento. Salió al jardín, descalza, pisando sobre el barro, aún húmedo de la lluvia de la mañana. Ni rastro de Thomas por allí.

Había vuelto a la casa, a la habitación de su hijo.

—¡Thomas! ¿Dónde estás? ¡Sal, por favor! —la voz se le quebraba y no conseguía retener el llanto.

De pronto, había escuchado unos pasos en el piso superior. Correteando. Está arriba, pensó. Pero, ¿cómo había conseguido colarse allí dentro?

Margaret corrió hacía la pared tapiada pero seguía intacta. Rebuscó entre los muebles, para encontrar algo que pudiera ayudarla  a atravesar el panel de madera colocado a modo de pared.

Recordaba haber visto un hacha cerca de los árboles, los vecinos la usaban para cortar leña. Salió corriendo, aún descalza, completamente desesperada a la oscuridad de la noche. Había tropezado varias veces, pero había encontrado el hacha bastante rápido. Había corrido de vuelta hasta la casa, directamente hasta la pared. Ahora los pasos en la planta superior eran más que evidentes. Margaret no dejaba de gritar el nombre de su hijo mientras atravesaba la madera y habría un socavón astillado. Al mirar a través de una pequeña rendija que había conseguido abrir, lo único que había conseguido vislumbrar eran unas escaleras un tanto desvencijadas. Pero nada de Thomas. Siguió durante varios minutos, agotando todas sus fuerzas y, finalmente, consiguió abrir espacio suficiente para entrar por el hueco.

A pesar de la oscuridad y del miedo que le invadía por subir a aquella planta, la posibilidad de perder a Thomas era aún más aterradora. Había cogido una vela y se había adentrado en la inhóspita estancia. Ahora que estaba aquí dentro, escuchaba murmullos por todas partes. Como si hubiera decenas de personas a su alrededor, compartiendo secretos. Pero ella no era capaz de vislumbrar a nadie entre aquellas sombras. 

—Thomas, ¿estás ahí? —la voz le temblaba, por el frío y por el miedo, pero había acabado teniendo como única respuesta al eco.

Margaret estaba comenzando a venirse abajo, presa del pánico. Las lágrimas le chorreaban a borbotones por el rostro, dándole una imagen un poco más aniñada.

—¡Mamá! —el grito de Thomas desde la planta de abajo había sacado de ese estupor a Margaret—. ¡MAMÁ!

Su hijo no dejaba de gritar. Ella corrió escaleras abajo, tropezando y cayendo, rondando por los escalones, provocando que la vela, su única fuente de luz, se apagase. Se recompuso como pudo y volvió a salir a la claridad del salón.

La voz ahora sonaba un piso más abajo. En el sótano.

—¡Mamá! —gritaba Thomas, con el terror estancado en sus cuerdas vocales. 

La madre se dirigió hacia la puerta del sótano, que estaba entreabierta. Con la luz del salón apenas se lograban ver con claridad las primeras escaleras, pero Thomas no se veía.

—¡MAMÁ, POR FAVOR, AYÚDAME! —suplicaba su hijo.

Margaret, sin pensárselo dos veces, se había lanzado escaleras abajo, hacia el sótano.

—¡Thomas! ¿Dónde estás? —gritaba, con desesperación.

Al final de las escaleras, tocando a tientas la baranda para no volver a caer como ya lo había hecho antes, se arrastró hasta llegar al suelo. Allí notó un bulto y se arrodilló junto a él.

—Mamá… —sollozaba la voz. 

El niño permanecía en una posición extraña, pero ella apenas era capaz de vislumbrar nada entre tanta oscuridad.

—¿Estás bien cariño? ¿Te has hecho daño? —preguntó, algo nerviosa, su madre.

—Sácame de aquí, por favor —susurró el niño—. No quiero que él nos encuentre.

Margaret no entendía a qué se refería su hijo con “él”, pero no se lo pensó dos veces y cogió a su hijo en brazos y subió todos los escalones que los llevaron de vuelta hasta la luz acogedora del salón.

Margaret soltó al niño en el suelo, exhausta. No sabía de dónde había sacado la fuerza para subir a Thomas. Se había girado y había cerrado la puerta del sótano con llave. Luego se la había guardado en el bolsillo, no quería que su hijo pudiera volver a tener otro accidente.

—¿Qué pasó después de eso, Margaret? —preguntó el doctor, que en algún momento que Margaret desconocía, se había encendido un cigarro.

Las volutas de humo bailaban por la habitación con lentitud, marcando un paso lento hacía el techo.

—Helen llegó a casa, alertada por los vecinos. No sabía que mis gritos habían podido despertarlos, pero así fue. Y ellos la llamaron.

Los golpes en la puerta la habían pillado desprevenida. Acababa de acostar a Thomas en su cama, cerciorándose de que el niño no tenía ningún hueso roto y que todo estaba en orden.

Aún era de noche, pero los primeros rayos de sol estarían a punto de salir.

En esos momentos, Margaret recordó las palabras de su hijo en la oscuridad. “No quiero que él nos encuentre”. Se dirigió con algo de inquietud a la puerta, pero la voz de Helen, preguntando si estaba bien, la tranquilizó. Le abrió sin dudarlo y Helen, al ver su aspecto, se preocupó muchísimo.

—¿Qué ha ocurrido, Margaret? Los vecinos me han avisado de que estabas gritando por el jardín. Que parecías muy alterada.

La pobre mujer no fue capaz de contener el llanto, pero siempre lo mantuvo a raya. No quería despertar a Thomas, que dormía plácidamente. Su puerta también la había cerrado con llave. 

—¿Qué tienes ahí? —preguntó, algo más alarmada, Helen.

Margaret ni siquiera se había percatado, pero su mano derecha estaba goteando sangre. Cuando Helen lo notó, ella pareció darse cuenta y una gran punzada le atravesó la mano. La extendió y vió como un gran trozo de madera estaba incrustado en la palma.

—Habrá sido cuando me he caído —había explicado Margaret, entre hipidos.

Ambas se dirigieron hasta la cocina y Helen extrajo la astilla, le lavó la herida con delicadeza y luego se la  vendó con gran habilidad, mientras Margaret le contaba todo lo acontecido durante la noche.

Finalmente, cuando Margaret terminó su relato, Helen respiró profundamente y la miró a los ojos.

—Creo que conozco a alguien que podría ayudarte, Margaret. Es muy bueno en su trabajo, estoy segura de que sabrá qué hacer con tu caso —dijo, sonriendo levemente al final.

De nuevo, el olor del tabaco había devuelto a Margaret al despacho de aquel hospital mental.

—Fue ella quién pidió cita con usted. Me dijo que usted podría ayudarme, doctor. Estoy completamente desesperada —Margaret se había levantado de la silla para luego proceder a arrodillarse frente al doctor Hale.

Este se había levantado rápidamente y la había cogido de los hombros con delicadeza, para devolverla a su asiento. Luego la había mirado con ternura, casi con paternalismo y le había dicho:

—Margaret, le prometo que la vamos a ayudar. Que solucionaremos su problema. Haré todo lo que esté en mi mano para acabar con su sufrimiento, ¿me oye?

Esas palabras, tan claras, tan directas, habían conseguido calmar el corazón compungido de Margaret, que ahora respiraba con un poco menos de dificultad.

—Muchas gracias, doctor. Y gracias a usted también, señor Wallace —dijo la mujer, dirigiéndose al hombre que se había pasado la reunión tomando notas en su máquina de escribir.

Este le había devuelto una sonrisa lastimera.

—Ahora necesito hablar con el señor Wallace para ver cómo debemos proceder con el caso. Me gustaría que una enfermera la acompañe a la sala de espera y que se tome usted un té, algo que la ayude a calmarse. En cuanto tengamos el veredicto, yo mismo iré a buscarla.

Margaret había asentido, bastante contenta. Estaba convencida de que ese señor, el amigo de Helen, la ayudaría con su hijo. Parecía un buen hombre. 

Cuando la mujer salió del despacho, el silencio inundó la estancia. Ninguno de los dos hombres se atrevía a pronunciar la primera palabra, hasta que Wallace, incapaz de contener su curiosidad, rompió el silencio.

—¿Cómo vamos a proceder, doctor?

Edward Hale dio una calada larga a su cigarrillo y luego lo aplastó contra el cenicero. Volvió a leer el historial de Margaret.

—Esta pobre mujer ha sufrido demasiado desde la muerte de su hijo.

—No tiene que ser fácil lidiar con la muerte de un hijo, pero mucho menos será cargar con el peso de haberlo matado tú mismo —había comentado Henry.

—No te equivoques, Wallace. Ella no mató a su hijo. Su marido la empujó por las escaleras y cayó sobre el pobre Thomas.

—Sí, leí el informe anoche, cuando me llamó para avisarme de esta visita. El chico murió en 1950, con ocho años. Pero, ¿cómo es posible que ella crea que aún sigue vivo?

Hale suspiró. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. 

—El cerebro humano es capaz de cosas extraordinarias, Wallace. Algunas nos permiten sobrevivir a situaciones que, de otro modo, nos destruirían. Otras nos condenan a vivir en una mentira.

Se levantó de la silla y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía golpeando con fuerza los cristales.

—Ella lo vio morir. Estuvo allí. Y, sin embargo, no ha sido capaz de aceptar su pérdida —Hale hizo una pausa—. Cuando su marido la empujó, no solo perdió el equilibrio. Perdió también lo único que le quedaba en el mundo.

—¿Y entonces inventó que seguía vivo?

—No creo que lo haya inventado conscientemente. Es más complicado que eso. Margaret necesita creer que su hijo sobrevivió. En su mente, Thomas ha seguido creciendo, jugando en el jardín, hablando con ella… incluso acompañándola durante su huida.

Wallace recordó el relato de la estación, los gritos del niño y aquella descripción espantosa del accidente.

—Pero su marido murió de verdad en las vías del tren, ¿no es así?

Hale asintió.

—Eso es lo que indican los informes. Lo que no aparece en ellos es ningún niño. Margaret estaba sola cuando ocurrió. Los testigos describieron cómo una mujer se defendía de un hombre que la golpeaba. Después, él cayó a las vías y fue arrollado por el tren.

El joven médico volvió a mirar sus anotaciones. De pronto, muchos detalles adquirían un significado distinto.

—¿Y qué hacemos ahora? —preguntó finalmente—. ¿Cómo podemos ayudarla?

Hale regresó a su asiento. Durante unos instantes contempló el expediente de Margaret, como si esperase encontrar entre aquellas páginas una respuesta que todavía no había descubierto.

—La intervendré esta misma tarde. Prepara una leucotomía de urgencia —repuso Hale.

—Pero, doctor, ¿está seguro de que es lo mejor para ella?

Hale no respondió. Se limitó a salir al pasillo en dirección a la sala de espera. Margaret levantó la cabeza al verlo entrar.

—¿Ha encontrado la manera de ayudar a mi hijo, doctor?

—Sí, Margaret —respondió él—. Eso creo.


FIN



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