Texto presentado Valentín Sánchez 2026 - NO GANADOR
LA CURA
Sofía había entrado a casa, apagando luces a su camino. La
del pasillo, la cocina, incluso la lamparita del salón que solo usaban de noche
para leer en el sillón. La luz finalmente la había guiado hasta el dormitorio
principal, donde Luis se estaba cambiando de zapatos. “Pronto te van a
confundir con un faro”, le había dicho ella. Él había dejado escapar una risita
y se había acercado a Sofía. “Así nunca te perderás”, y la sonrisa de su rostro
había conseguido disminuir el enfado de su mujer.
Era impresionante el paso del tiempo. Su vida de ahora era
probablemente muy diferente a como la habían imaginado en su juventud, pero no
por ello era peor. Aún recuerdan el verano en que se conocieron, hace
veinticinco años. Luis estaba trabajando en la heladería de su padre ese
verano, pero desde que había visto a Sofía no había podido apartar los ojos de
ella. Todo el mundo parecía darse cuenta menos la chica, hasta que un día, su
padre, harto de que su hijo dejase de atender a los clientes mientras miraba
embobado a la chica, le había suplicado que se acercara a hablar con ella.
“Las palabras más sabias que jamás me dijo mi padre”,
bromeaba siempre Luis. A ambos les encantaba recordar esas primeras citas,
siempre llenas de miedo y nervios. Y a sus hijos les encantaba escucharlas.
Sofía siempre se despertaba diez minutos antes que Luis, no
sabía por qué, pero ella siempre fingía que era su super poder. Durante unos
minutos, mientras el sol comenzaba a entrar por las cortinas y a bañar la
habitación de luces y sombras, ella se dedicaba a observarlo, le pasaba la mano
por la frente para apartarle el pelo y luego le daba un leve beso. Entonces, él
sabía que era la hora de levantarse. “Mi despertador personal”, le susurraba al
oído mientras la acercaba a él para abrazarla.
Los fines de semana, cuando el buen tiempo y el trabajo se
lo permitían, intentaban escaparse al mar. El sol sobre la piel, la humedad
incrustada en cada célula, el sabor a agua salada que se quedaba impregnado en
sus labios durante horas tras salir. Él siempre llevaba consigo una hamaca y un
buen libro. Ella prefería más la calidez de la toalla sobre la arena.
Otros días simplemente cada uno se dedicaba a sus
quehaceres, con la tranquilidad de que el otro estaba a tan solo unos metros,
pero con la intimidad necesaria para que no fuese asfixiante. Siempre se habían
entendido y comunicado de una manera muy sana y abierta.
Pero Sofía ahora estaba preocupada por eso mismo. Hacía
varios meses que esa complicidad a la hora de hablar, de leer la mente del otro
había ido desvaneciéndose poco a poco, casi de manera imperceptible.
Todo había comenzado a desmoronarse tras el verano
anterior.
Los dolores de barriga de Luis habían empezado como un
pequeño latido en la boca del estómago, casi imperceptibles al principio, pero
que con rapidez habían aumentado y habían llegado a un punto de ser casi
insoportables. Esto había derivado en varias visitas al ambulatorio, donde le
habían hecho una prueba tras otra para descubrir qué le ocurría. El médico
siempre intentaba tranquilizarlo. “Probablemente se trata de una intolerancia o
alguna alergia”, había comentado en una de sus citas. “¿A mi edad?”, había
preguntado, con reticencia, Luis. “Sí, es mucho más común de lo que se piensa”,
continuaba el doctor. Pero tras cada negativo a pruebas de alergia e
intolerancias, más aumentaba el nerviosismo en la pareja.
Finalmente, habían acabado derivándolo al especialista,
donde otras tantas pruebas habían perturbado aún más sus vidas.
Aquel día en la clínica, Sofía no era capaz de controlar el
tic nervioso que tenía en el pie, pero intentaba ocultarlo lo mejor posible
bajo la mesa del doctor. Las explicaciones de este los habían golpeado a ambos.
La palabra terminal se te queda incrustada en el cerebro, como un tumor
imposible de extirpar. Se clava tan adentro que ya no hay otra cosa que puedas
escuchar, más que un eco sin fin.
Pero la onda expansiva había llegado unos días después.
Sofía recurrió al único recurso que creía que tenía: nuevas opiniones de otros
especialistas. Necesitaba encontrar a, al menos, una persona que le dijera que
su marido tenía una mínima posibilidad de salir de aquella. Y Luis, para
sorpresa de ella, estaba de acuerdo. No podía quedarse sentado esperando a que
la vida se lo llevase por delante, como una ola. Tenía que buscar una salida,
aunque no la hubiera.
Tras cada negativa a una posible cura, los ánimos por ambas
partes decaían, pero ninguno dejaba mostrar esos temores. Se mantenían fuertes
por fuera, aunque en la intimidad más absoluta se dejasen bajar la guardia y
abrirse paso a sus mayores miedos.
La vida de pronto cambió muchísimo. La palabra futuro
jamás había sonado tan lejana como ahora. El presente era lo único que les
quedaba, lo que siempre habían tenido en realidad, pero ahora la incertidumbre era
mucho más palpable.
Sofía se pasaba las noches sin apenas dormir, se levantaba
de madrugada solo para comprobar que la persona que yacía a su lado seguía
respirando. Lo estaba intentando todo. Poner su mejor cara siempre, la mejor
actitud. Pasar tanto tiempo como le fuese posible con Luis, porque era
consciente de que era como una bomba con una cuenta atrás activada. En
cualquier momento podría explotar y destrozar lo que ella conocía como su
realidad.
Rezaba cada noche a todas las deidades que conocía, y
también a las que no, pidiendo, rogando una cura. Algo imposible. Su yo
racional se lo repetía día a día, pero ella era demasiado terca como para
rendirse antes de tiempo.
Seguía leyendo miles de publicaciones nuevas sobre posibles
tratamientos experimentales, siempre a escondidas de Luis. Su tiempo juntos era
siempre agridulce. Había momentos en los que ella olvidaba que él estaba
enfermo, seguía riéndose con sus chistes, queriéndolo como siempre. Pero, de
pronto, ese pensamiento de cólera, de impotencia ante la situación la invadía y
no la dejaba pensar con tanta claridad, empañando bonitos momentos con su
marido.
Llevaba varias semanas así, con el peso de la realidad cada
vez hundiéndose más en su pecho, haciéndole difícil hasta respirar en muchas
ocasiones. Luis notaba este cambio de comportamiento en ella, pero tampoco
sabía como abordar la situación. En cierta parte se sentía culpable por su
tristeza.
Una noche, cenando, el silencio se había hecho más pesado
que de costumbre. Ambos se esquivaban con la mirada, como si un mal movimiento
pudiera derribar todo eso que ambos creían que los mantenía cuerdos. Pero, tras
varios minutos así, Luis pensó que esa podría ser su última noche con ella y no
quería desperdiciarla sintiendo miedo.
“¿Te encuentras bien?”, le había preguntado Luis. Esa
pregunta que tanto le molestaba a él, ahora que estaba enfermo. Era la que más
le repetía la gente a lo largo del día, pero se había dado cuenta de que hacía
demasiado tiempo que nadie se la hacía a Sofía.
Ella había levantado la vista, sorprendida por la pregunta.
Casi responde apresuradamente un “bien”, por costumbre. Pero respiró hondo y
miró a su marido. Negó con la cabeza y alargó su mano para poder sostener la de
él entre la suya. “Creo que estoy perdida. Necesito que mi faro vuelva a
señalarme los caminos correctos”, añadió ella, con una sonrisa que realmente no
le llegó a los ojos.
Luis había sostenido su mano con fuerza, una que realmente
le quería transmitir. “Sofía, querida, siempre hemos bromeado sobre que yo era
el faro, pero siempre se ha sentido al contrario. Como si yo dejase esas luces
encendidas para que tu siempre me encontrases. Para que el que no se perdiera
nunca fuese yo, porque siempre habría alguien que me encontraría, incluso en el
lugar más oscuro”.
Ambos se habían echado a reír y, momentos después, a
llorar. El miedo, la impotencia y la verdad había surgido en ellos de una
manera tan natural que el alivio de ver que nada había cambiado, que
simplemente se había ocultado, les había bajado la guardia a ambos.
“Daría mi vida entera por poder dar con la cura. Por poder
pasar más tiempo juntos”, había susurrado Sofía. Las lágrimas le empañaban la
cara y le rodaban por las mejillas.
“Mi amor, tienes la cura en tus manos, porque tú siempre
has sido la cura”, le había respondido Luis, alargando el brazo para limpiarle
la cara. Sofía lo había mirado, sin entender realmente sus palabras.
“Pero, yo no te puedo curar. Yo…”, las palabras se habían
perdido en la garganta de Sofía.
“No puedes curarme la enfermedad que tengo, porque no hay
manera humana de conseguirlo. Pero me curas muchas otras cosas. Me acompañas
cada día, como si fuese el primero, y también como si fuese el último. Tienes
esa energía tan característica tuya, incluso ahora que no duermes tan bien como
a mi me gustaría. Sigues siendo igual de preciosa que el primer momento en que
te vi y, muchas veces pienso que es imposible quererte más de lo que ya lo
hago, pero luego me sorprendo cada día, porque estoy más enamorado de ti. Me
curas la pena de tener que dejarte tan pronto, porque sé que ahora estoy
contigo. Me curas el dolor que siento, porque sé que estás siempre a mi lado.
Me curas el miedo que me irradia todo el cuerpo por no saber qué me depara el
mañana, si es que hay un mañana, porque sé que, cuando sea y como sea, he
vivido tantas cosas contigo que me puedo marchar satisfecho. Tú, Sofía, eres la
cura”.
Ambos se habían levantado y se habían abrazado, llorando
desconsoladamente, pero con una presión en el pecho cada vez más leve. El ahora
seguía existiendo. Y es a lo que se aferrarían mientras lo tuvieran.
FIN
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