Relatos de la abuela
Si lo hacía demasiado alejado de la realidad, corría el riesgo de que pasara por un cuento más; una fábula que enseñaba cualquier nimiedad que, al cabo de un rato, cualquier niño olvidaría.
No.
La abuela estaba totalmente convencida de que el cuento debía tener simbolismo, pero, sobre todo, significado. Para la mayoría de personas, adultos y niños por igual, siempre había sido mucho más fácil entender las historias a través de los animales.
Para los niños, porque imaginar a los tres cerditos aprendiendo que la constancia y el esfuerzo son mucho más poderosos que la pereza se les hacía gracioso y más imaginativo que verse reflejados a sí mismos.
Para los adultos, porque ciertos temas eran tan complejos para sus cerebros poco desarrollados que verlos de forma caricaturesca también los divertía. Y porque, al sentirlo más fácil de entender, muchos se aventuraban a leer ese tipo de historias sin miedo a quedar retratados por su incapacidad para comprender algo que incluso niños lograban.
Por eso la abuela creía firmemente que el uso de animales era la clave. Pero la elección de esos animales era igualmente importante.
Otras historias ya lo habían demostrado, como 'Rebelión en la Granja' o 'Maus'. Incluso tratándose de animales, esos libros habían conseguido ofender a mucha gente. Hay animales más queridos que otros, y eso estaba claro. Con las personas pasa exactamente lo mismo, ¿no?
La abuelita pensó y pensó. Y, por fin, se decidió sobre quiénes serían los protagonistas de su historia. Se pasó el resto del día escribiendo sin parar, tachando algunas partes, reescribiendo otras, hasta que se dio por satisfecha. Estaba convencida de que entre aquellas páginas se escondía un poder mayor, casi absoluto: el poder de cambiar a las personas.
Al día siguiente, cuando sus nietecitos llegaron, les sirvió chocolate caliente y unas pastas recién horneadas. Mientras los chiquillos llenaban sus tripas, ella comenzó con su historia, intentando que esta pudiera llenar sus mentes. Que sirviera para abrir una pequeña brecha, una grieta que se hiciera cada vez más y más grande, ayudándolos a ver más allá. Siempre más allá.
Érase una vez una sociedad de hormigas. Todas ellas vivían bajo el mandato de una araña. La araña apenas hacía nada: solo tejía y tejía durante todo el día. Mientras tanto, las hormigas trabajaban incansablemente bajo el miedo perpetuo de que, si no mantenían a la araña contenta, cualquiera de ellas acabaría atrapada en sus redes y devorada más tarde por su reina.
"No debéis parar de trabajar. Nunca. Es la única manera de que todos podamos estar seguros. Yo no tendré tanta hambre como para comeros, y todos viviremos tranquilamente."
De alguna manera, muchas hormigas llevaban viviendo así desde el día de su nacimiento, por lo que la monotonía del liderazgo se había vuelto lo normal. Cualquier cosa que perturbara esa normalidad se percibía como un gran enemigo. Mantenerse donde estaban les permitía seguir viviendo igual. Ni mejor ni peor.
Pero había cierta hormiguita, Adelfa, que siempre se había preguntado cómo sería todo de una manera distinta.
"¿Cómo vivirían mis abuelos, antes de la llegada de nuestra reina?"
Adelfa nunca se atrevía a decir estos pensamientos en voz alta, temía la reacción del resto de hormigas incluso más que la de la propia araña. Porque sí, la araña podía devorarla, pero sus hermanas podían desterrarla. Y era mucho más aterrador enfrentarse sola a la inmensidad del mundo que a unas fauces.
El día de la llegada de las primeras cucarachas, hubo un gran revuelo en el hormiguero. ¿Desde dónde habían llegado? ¿Por qué estaban allí? ¿Querían robarles toda la comida que habían estado recolectando durante el verano?
"Son horribles. ¿Las habéis visto?", había sentenciado una de las hormigas.
El resto asintió enérgicamente, pero nadie se atrevió a hablar más. No antes de que la araña hiciera su declaración oficial.
Esa misma noche, durante la cena, la araña apareció. Todas las hormigas se inquietaron, pues la araña nunca se dejaba ver a la hora de cenar.
"Como todas sabréis ya, un grupo de cucarachas está rondando la zona", declaró la araña. Ninguna hormiga respondió, pero todas asintieron.
"Solo quiero deciros que pueden llegar a ser muy peligrosas. No para mí. Para mí son inofensivas. Sino para VOSOTRAS", declaró la araña con total seguridad.
El silencio en el hormiguero se hizo muy evidente. Las hormigas se removían nerviosas, a la espera de que la araña se explicase mejor.
"Esas cucarachas de ahí trabajan muy bien. Tan bien que incluso podrían llegar a ser mejores que vosotras. Pero el problema es que a ellas no me las puedo comer. Así que, finalmente, no me quedaría de otra que comeros a vosotras."
La araña paseó la mirada por el hormiguero antes de continuar.
"Si seguís aquí sin hacer nada, esas cucarachas podrían entrar y llevarse toda la comida que tenéis guardada. Os destruirían las casas, y acabarían matándoos de hambre. ¿Seguro que estáis dispuestas a que hagan eso?"
Todas las hormigas, incluso Adelfa, gritaron un "¡No!" tan rotundo que las paredes del hormiguero retumbaron.
Esa misma noche, antes de irse a dormir, un grupo de hormigas acordó que al día siguiente se enfrentarían a las cucarachas. Les dirían que se marcharan, que regresaran al lugar del que venían; que aquel sitio era suyo y que no debían robarles ni la comida ni la casa.
Todas las hormigas se unieron a esta protesta. Tenían que defender su hormiguero, a sus familias y su alimento. Eso había dicho la araña.
Al día siguiente, armadas con todo lo que habían podido, las hormigas se acercaron a las cucarachas, con una mezcla de asco y odio.
"No os queremos aquí. Volved al sitio de donde venís".
Adelfa no consiguió ver qué hormiga lo había dicho, pero tenía claro que, desde la perspectiva de las cucarachas, sonó como si todas lo hubiesen aclamado al unísono.
"Venimos en son de paz", declaró una de las cucarachas.
Adelfa la veía tan terrorífica y peligrosa que, por un momento, creyó que la araña llevaba razón. "Nos lo quitarán todo", pensó.
Su miedo, ahora transformado en un odio repulsivo hacia esos seres, hizo que gritara. Que gritaran todas, instándolas a regresar a su 'tierra'.
"Nuestra casa ya no existe", intentó explicar otra cucaracha. "La llegada de la niebla dulce hizo que los huevos dejaran de eclosionar, que el agua no fuera potable, que las plantas que brotaban del suelo se volvieran puro veneno".
"Si es así, ¿cómo es que no estáis todas muertas?", arguyó otra hormiga.
"No nos mató, pero nos debilitó mucho. Por eso huimos. Solo queremos vivir. Podríamos colaborar, intentar…"
La cucaracha intentaba hacerse oír entre el abucheo del resto de hormigas.
"Ese no es nuestro problema. Y ahora marchaos, antes de que sea demasiado tarde y decidamos actuar", concluyó una hormiga, tan enrojecida de odio que parecía pertenecer a otra especie.
La abuelita tosió un poco y se acercó el vaso a los labios para aliviar su garganta.
"Pero, abuelita, las hormigas llevan razón, ¿verdad?", preguntó uno de sus nietos.
"¿Por qué crees eso?", preguntó ella, queriendo que expresase su idea libremente, que se sintiera escuchado pero, sobre todo, entendido.
"Porque, aunque es muy triste lo que les ha pasado a las cucarachas, las hormigas no tienen la culpa. Deberían solucionarlo ellas mismas, sin meter a nadie más".
"Lo comprendo", dijo la abuela. "Pero ahora imagina que te quedas huérfano. Que tu papá y tu mamá se marchan y nunca vuelven. ¿Crees que sería justo que crecieras solo, sin nadie que cuidara de ti?"
La abuela vio cómo las lágrimas amenazaban con brotar de los ojos del niño. Lo acunó entre sus brazos y le besó la mejilla.
"No, abuelita. Todos merecemos tener papás. Aunque no sean los mismos que te trajeron al mundo. Todos merecemos tener a alguien que nos quiera".
Aquella frase tan simple, pero tan poderosa, hizo entender a la abuela que su relato, de alguna manera, estaba funcionando. Sentó a su nieto de nuevo y continuó.
"Las cucarachas se alejaron lo máximo posible del hormiguero. No querían que nadie las volviese a increpar, pero tampoco podían regresar a su antiguo hogar. Aquello ya no lo era".
La araña, sin embargo, aparecía cada día a la hora de la cena, insistiendo en que las cucarachas serían la perdición de las hormigas. Metía un miedo tan puro en los niños que incluso soñaban con ellas, y un odio tan intrínseco a los adultos que llegaban a creer que aquel sentimiento era innato, nacido de la propia supervivencia.
El tiempo pasaba, las cucarachas cada vez eran más, y las historias de terror que contaba la araña, cada vez más sanguinarias y horrendas.
"Vienen de un lugar de barbarie", gritaba la araña," donde no viven en sociedad como nosotras. Se comen a sus crías y acabarán haciendo lo mismo con las nuestras. O, peor aún, harán que lo hagáis vosotras. Os harán creer que su forma de vivir es la única posible".
Todas las hormigas se enfurecían un poco más cada día.
Pero ninguna parecía percatarse de que los alimentos no habían disminuido, ni el trabajo, ni habían perdido su hogar. Todo seguía igual. Pero nada era igual. Ahora, en vez de preocuparse de que la tela de araña las atrapase en cualquier túnel del hormiguero, de que la araña decidiera darse un banquete cualquier día, o de que fuera tan glotona que no dejase nada para ellas durante el invierno, solo podían pensar en las cucarachas. Las malvadas cucarachas.
Los meses pasaron y, aunque los discursos de la araña se repetían cada noche, siempre con los mismos argumentos, todas las hormigas los escuchaban embelesadas, como si fuesen palabras nuevas.
Adelfa, mientras veía a todas sus compañeras vitorear a la araña, que siempre las avisaba de los peligros inminentes, comenzó a pensar en una opción que nunca en su vida se había planteado.
¿Cómo serían sus vidas sin la araña?
Era ella quien había ocupado su vivienda, quien se comía sus suministros y quien siempre se mantenía en el interior del hormiguero, segura de cualquier peligro exterior. Pero, ¿cómo sería una vida sin la carga constante de sus redes sobre todas ellas?
Desde que esa semilla se plantó en la mente de Adelfa, no fue capaz de desprenderse de ella. Era una idea que crecía cada momento, con más y más fuerza. ¿Y si el problema no eran las cucarachas?¿Y si el problema siempre había sido y siempre sería la araña?
A veces lo pensaba con tanta vehemencia que le daba miedo que cualquiera de sus compañeras fuese capaz de escuchar sus pensamientos. ¿Qué pensarían de ella? ¿Cómo reaccionarían?
Tal vez, pensaba Adelfa, entrarían en razón. Verían que lo que decía la araña era simple palabrería, que unidas podrían sacarla de su hormiguero y finalmente ser libres e independientes.
Aunque a veces el silencio era más seguro, pero, sobre todo, más cómodo. Porque el silencio nunca implica cambios, y el cambio, a veces, puede ser muy difícil de soportar, aunque sea a mejor.
Con la llegada del otoño, llegaron las abundantes lluvias. Tan graves eran que incluso tuvieron que tapar el hormiguero. Muchas hormigas salieron a ayudar, pero no todas volvieron.
"Han sido arrastradas por el agua", gritaban, desesperadas, las que habían podido salvarse.
Todas lloraron durante los días que duró la lluvia, pidiendo a las nubes que se alejaran de allí.
Cuando la lluvia paró, las hormigas fueron a destapar el hormiguero. Intentaron recoger, con la pena aún encima, todo lo que el agua había arrastrado hasta allí. Pero cuando vieron aparecer a muchas de las desaparecidas, vivas y sanas, nadie daba crédito.
"Cuando el agua nos arrastró, nos estampó contra una pared. Allí conseguimos subir y meternos en una grieta, que al ser horizontal y muy profunda no dejaba que el agua se metiese. Nuestra sorpresa fue enorme al ver que, quienes allí se escondían también, eran las cucarachas".
La noticia corrió rápido entre las hormigas. ¿Cómo era posible que las tan temidas cucarachas las hubieran dejado esconderse en su tan húmedo y mugriento hogar? Nadie era capaz de explicárselo.
Con la llegada de la noticia, la araña comenzó a ponerse nerviosa.
"¿Es que no veis de quién es la culpa de la lluvia? Es de las malditas cucarachas. Ellas son capaces de atraer las nubes más densas y hacerlas descargar donde ellas se encuentran".
Y parecía que la araña decía aquello con tanta convicción, que todo el mundo la habría creído sin pestañear.
Pero la duda ya estaba plantada en cada una de las hormigas. Todas ellas tenían el poder, la libertad, de pensar y de actuar conforme a eso.
Todas eran libres, aunque en su mente hubiera una celda. Porque solo ellas tenían la llave para poder abrirla.
La abuelita se quitó las gafas y dejó el papel donde había escrito la historieta sobre la mesa.
"Pero, abuelita, ¿qué ha pasado entonces con las cucarachas?", preguntó entonces una de sus nietas.
"Querida nieta, las historias no terminan cuando dejamos de contarlas. Sino cuando dejamos de escucharlas".
Los niños se miraron entre ellos, sin saber muy bien a qué se estaba refiriendo su abuela.
"¿Y la araña? ¿Qué pasará con ella?", preguntó otro nieto.
"Las arañas no suelen caer solas.", contestó la abuela, con la voz cansada.
"¿Entonces?", insistió el niño.
"Entonces, la historia vuelve a comenzar".
Vio la duda de todos sus nietos grabada en sus rostros, pero eso la puso feliz. Una duda puede dar paso a muchas ideas. A muchos pensamientos.
"Abuelita, ¿nos volverás a leer el cuento mañana?", inquirió otro de los niños.
... me encantó la historia.....cariño.... que bien que volvieras....a.ver tus libros.....
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